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Joseph Conrad, el gran escritor inglés nacido en Polonia, fue uno de esos pocos que vislumbraron el sentido oculto del “accidente”. Simbólicamente, en primer lugar y en un nivel altísimo, “como un acto de Dios”, y humanamente después, desastre que inspira a las artes y la reflexión.
Nuestra propia época se inicia con los niños que vendieron el extra de ese día en Londres, en Nueva York o en Shanghai; esos niños empapelados con la tragedia, voceándola, fueron el principio del primer año de lo que hoy vemos. Y este acontecimiento no escapó a la pluma del más grande escritor de su tiempo.
Digno de notarse también es la perspicacia de Conrad para descubrir, en las investigaciones norteamericanas, la paranoia que hoy los devora. También más que digno de notarse es la manera en que desnuda a la técnica como oráculo y muestra en cambio su sentido común y su conocimiento de la mecánica, los procedimientos, las órdenes.
Nuestra propia época se inicia con los niños que vendieron el extra de ese día en Londres, en Nueva York o en Shanghai; esos niños empapelados con la tragedia, voceándola, fueron el principio del primer año de lo que hoy vemos. Y este acontecimiento no escapó a la pluma del más grande escritor de su tiempo.
Digno de notarse también es la perspicacia de Conrad para descubrir, en las investigaciones norteamericanas, la paranoia que hoy los devora. También más que digno de notarse es la manera en que desnuda a la técnica como oráculo y muestra en cambio su sentido común y su conocimiento de la mecánica, los procedimientos, las órdenes.

