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El Niño Sin Nombre: La lucha de un niño por sobrevivir (Spanish Edition)
 
 
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El Niño Sin Nombre: La lucha de un niño por sobrevivir (Spanish Edition) [Paperback]

Dave Pelzer (Author)
4.5 out of 5 stars  See all reviews (8 customer reviews)

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Book Description

September 1, 2003

This book chronicles the unforgettable account of one of the most severe child abuse cases in California history. It is the story of Dave Pelzer, who was brutally beaten and starved by his emotionally unstable, alcoholic mother: a mother who played tortuous, unpredictable games--games that left him nearly dead. He had to learn how to play his mother's games in order to survive because she no longer considered him a son, but a slave; and no longer a boy, but an "it."

Dave's bed was an old army cot in the basement, and his clothes were torn and raunchy. When his mother allowed him the luxury of food, it was nothing more than spoiled scraps that even the dogs refused to eat. The outside world knew nothing of his living nightmare. He had nothing or no one to turn to, but his dreams kept him alive--dreams of someone taking care of him, loving him and calling him their son.


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Editorial Reviews

About the Author

Dave Pelzer travels throughout the nation promoting inspiration and resilience. His unique accomplishments have garnered personal commendations from Presidents Reagan and Bush. In 1993 Pelzer was chosen as one of the Ten Outstanding Young Americans (TOYA), and in 1994 was the only American to receive The Outstanding Young Persons of the World (TOYP) award. He was also a torchbearer for the Centennial Olympic Games.

Excerpt. © Reprinted by permission. All rights reserved.

1
El rescate
page  blank

 

5 de marzo de 1973, Daly City, California. Estoy retrasado. Tengo que acabar de fregar los platos a tiempo, si no, no hay desayuno; y como anoche no cené, he de comer algo. Mamá corre por la casa chillando a mis hermanos. Oigo sus pasos pesados por el pasillo dirigiéndose hacia la cocina. Vuelvo a meter las manos en el agua hirviendo de enjuagar. Demasiado tarde. Me coge con las manos fuera del agua.

¡PLAF! Mamá me pega en la cara y me tiro al suelo. Sé que no debo quedarme de pie y aguantar el golpe. He aprendido, a base de cometer errores, que lo considera un desafío, lo que significa más golpes o, peor aún, quedarme sin comer. Recupero mi postura anterior y evito su mirada mientras me grita al oído.

Actúo con timidez, asintiendo a sus amenazas. 'Por favor, —me digo—, déjame comer. Vuelve a pegarme, pero tengo que comer.' Otra bofetada hace que me golpee la cabeza contra el mostrador de azulejos. Lágrimas de falsa derrota me corren por las mejillas mientras sale de manera precipitada de la cocina aparentemente satisfecha consigo misma. Después de contar sus pasos para asegurarme de que se ha ido, dejo escapar un suspiro de alivio. Mi actuación ha dado resultado. Mamá puede pegarme todo lo que quiera, pero no he dejado que me arrebate mi voluntad de sobrevivir.
Acabo de fregar los platos y, después, hago el resto de mis tareas domésticas. Como recompensa, recibo el desayuno: las sobras de un tazón de cereales de uno de mis hermanos. Hoy son Lucky Charms. Sólo quedan unos trocitos de cereales en medio tazón de leche, pero los engullo lo más de prisa posible, antes de que mamá cambie de opinión. Ya lo ha hecho otras veces. Le gusta usar la comida como arma. Sabe que no debe tirar las sobras al cubo de la basura. Sabe que después las cojo. Mamá se sabe la mayoría de mis trucos.

Unos minutos más tarde estoy en la vieja ranchera de la familia. Como voy tan retrasado con las tareas domésticas, me tienen que llevar en carro al colegio. Normalmente suelo ir corriendo y llego justo cuando comienza la clase, sin tiempo para robar comida de las fiambreras de otros niños. Mamá deja salir a mi hermano mayor, pero a mí me retiene para sermonearme sobre lo que piensa hacer conmigo mañana. Va a llevarme a casa de su hermano. Dice que el tío Dan 'se ocupará de mí'. Lo dice de manera amenazadora. La miro asustado, como si de verdad tuviera miedo. Pero sé que, aunque mi tío es un hombre duro, no me tratará como lo hace mamá.

Antes de que la ranchera se pare del todo, salgo corriendo. Mamá me grita para que vuelva. He olvidado mi fiambrera abollada que, en los tres últimos años, siempre ha tenido el mismo menú: dos emparedados de mantequilla de maní y unos bastoncillos de zanahoria. Antes de que vuelva a salir disparado del carro, me dice:
—Diles . . . Diles que has tropezado con la puerta.
Después, con una voz que rara vez emplea conmigo, me vuelve a decir:
—Que pases un buen día.

Le miro los ojos rojos e hinchados. Todavía le dura la resaca de la borrachera de anoche. Su pelo, en otro tiempo hermoso y brillante, le cae ahora en mechones consumidos. Como de costumbre, no lleva maquillaje. Está gorda y lo sabe. En general, éste se ha vuelto el aspecto típico de mamá.
Como llego tan tarde, tengo que presentarme en la oficina de la administración. La secretaria de pelo gris me saluda con una sonrisa. Unos instantes después sale la enfermera de la escuela y me conduce a su despacho, donde llevamos a cabo la rutina habitual. Primero, me examina la cara y los brazos.

—¿Qué es eso que tienes encima del ojo? —me pregunta.
Asiento dócilmente:
—He tropezado con la puerta del vestíbulo . . . sin querer.
Vuelve a sonreír y coge una tablilla con sujetapapeles de encima de un armario. Pasa una o dos hojas y se inclina para enseñármelas.
—Mira —señala la hoja—, eso fue lo que dijiste el lunes pasado. ¿Te acuerdas?
Rápidamente cambio de historia.
—Estaba jugando al béisbol y me di con el bate. Fue un accidente.

Accidente. Siempre debo decir eso. Pero la enfermera no se deja engañar. Me regaña para que le diga la verdad. Siempre termino por derrumbarme y confesar, aunque creo que debería proteger a mi madre.

La enfermera me dice que no me preocupe y me pide que me desnude. Hacemos lo mismo desde el año pasado, así que la obedezco inmediatamente. Mi camisa de manga larga tiene más agujeros que un queso de Gruyère. Es la misma que llevo desde hace dos años. Mamá me obliga a ponérmela todos los días para humillarme. Los pantalones están prácticamente en el mismo estado y los zapatos tienen agujeros en la zona de los dedos. Puedo sacar el dedo gordo por uno de ellos. Mientras me quedo en ropa interior, la enfermera anota las diversas marcas y moretones en la tablilla. Cuenta las marcas en forma de corte que tengo en la cara y busca alguna que le haya pasado desapercibida anteriormente. Es muy concienzuda. A continuación, me abre la boca para mirarme los dientes, que están mellados por habérmelos golpeado contra el mostrador de la cocina. Escribe varias notas más en el papel. Mientras continúa examinándome, se detiene en la antigua cicatriz del estómago.

—Y aquí —dice mientras traga saliva—, ¿es donde te clavó el cuchillo?
—Sí —contesto.

'¡Oh, no!me digo—, me he equivocado . . . otra vez.' La enfermera debe de haber visto la preocupación en mis ojos. Deja la tablilla y me abraza. '¡Dios mío!me digo—, es tan cálida'. No quiero soltarla. Quiero quedarme en sus brazos para siempre. Cierro los ojos con fuerza, y durante algunos segundos, no existe nada más. Me acaricia la cabeza. Me estremezco por el moretón hinchado que mamá me ha hecho esta mañana. La enfermera deshace el abrazo y sale de la habitación. Me apresuro a vestirme. Ella no lo sabe, pero todo lo hago lo más rápidamente posible.
La enfermera vuelve al cabo de unos minutos con el señor Hansen, el director, y dos de mis profesores, la señorita Woods y el señor Ziegler. El señor Hansen me conoce muy bien. He estado en su despacho más veces que cualquier otro niño de la escuela. Mira la hoja mientras la enfermera le informa de lo que ha encontrado. Me levanta la barbilla. Me da miedo mirarlo a los ojos, que es un hábito que he adquirido al tratar de enfrentarme a mi madre. Pero también es porque no quiero contarle nada. Una vez, hace aproximadamente un año, llamó a mi madre para preguntarle por mis moretones. Por aquel entonces no tenía ni idea de lo que sucedía en realidad. Sólo sabía que yo era un niño con problemas que robaba comida. Cuando volví al colegio al día siguiente, vio los resultados de las palizas de mamá. Nunca volvió a llamarla.

El señor Hansen grita que ya está harto. Casi me muero del susto. 'Va a volver a llamar a mamá', me grita el cerebro. Me derrumbo y lloro. Me tiembla el cuerpo como si fuera gelatina y balbuceo como un bebé, rogando al señor Hansen que no llame a mamá.
—¡Por favor! —digo lloriqueando—, hoy no. ¿No se da cuenta de que es viernes?

El señor Hansen me asegura que no va a llamar a mamá y me envía a clase. Como es muy tarde para ir al aula de la reunión matinal, corro directamente a la clase de inglés de la señora Woodworth. Hoy tenemos una prueba de ortografía de todos los estados y sus capitales. No estoy preparado. Normalmente soy muy buen alumno, pero en los últimos meses he abandonado todo en mi vida, incluyendo el evadirme de mi desgracia a través del trabajo escolar.

Cuando entro en el aula, los alumnos se tapan la nariz y me silban. La profesora sustituta, una mujer joven, agita las manos delante de la cara. No está acostumbrada a mi olor. Me entrega el examen guardando las distancias, pero antes de que me siente en la parte de atrás de la clase, al lado de una ventana abierta, me vuelven a llamar al despacho del director. Toda el aula suelta un alarido, el rechazo del quinto grado.

Corro a la oficina de la administración y llego en un segundo. Me duele la garganta y todavía me arde por el 'juego' que mamá jugó ayer contra mí. La secretaria me conduce a la sala de profesores. Cuando abre la puerta, mis ojos tardan un momento en habituarse. Frente a mí, sentados en torno a una mesa, están mi tutor, el señor Ziegler, mi profesora de matemáticas, la señorita Moss, la enfermera de la escuela, el señor Hansen y un policía. Los pies se me congelan. No sé si salir corriendo o esperar a que el techo se derrumbe. El señor Hansen me hace una seña para que entre, mientras la secretaria cierra la puerta tras de mí. Me siento a la cabecera de la mesa y explico que no he robado nada . . . hoy. Una sonrisa hace que desaparezca el entrecejo fruncido que todos muestran. No tengo idea que van a arriesgar sus empleos para salvarme.

El policía explica por qué lo ha llamado el señor Hansen. Siento cómo me voy encogiendo en la silla. El agente me pide que le hable de mamá. Digo que no con la cabeza. Demasiadas personas conocen ya el secreto y sé que ella lo va a descubrir. Una voz suave me tranquiliza. Creo que es la señorita Moss. Me dice que todo está bien. Respiro profundamente, me retuerzo las manos y, de mala gana, les hablo de mamá y de mí. Después, la enfermera me dice que me levante y enseña al policía la cicatriz que tengo en el pecho. Sin dudarlo, les digo que fue un accidente, que es lo que fue: mamá no tenía intención de clavarme el cuchillo. Lloro mientras lo confieso todo y les digo que mamá me castiga porque soy malo. ¡Ojalá me dejaran en paz! Me siento tan falso en mi interior. Sé que, después de todos estos años, nadie puede ...


Product Details

  • Paperback: 195 pages
  • Publisher: HCI Espanol (September 1, 2003)
  • Language: Spanish
  • ISBN-10: 0757301363
  • ISBN-13: 978-0757301360
  • Product Dimensions: 7.3 x 5 x 0.4 inches
  • Shipping Weight: 6.4 ounces (View shipping rates and policies)
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5.0 out of 5 stars un libro impactante, July 9, 2011
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Glenda Liz Ortiz "Mermaid" (Kreuzberg, Berlin, Germany) - See all my reviews
(REAL NAME)   
This review is from: El Niño Sin Nombre: La lucha de un niño por sobrevivir (Spanish Edition) (Paperback)
llore como una magdalena, siendo madre no puedo entender el comportamiento de esa mujer, tengo una hija de la edad de David en la fecha del libro y no me puedo imaginar siquiera levantarle la voz. Un libro que te cala en lo mas profundo de tu ser y te mueve hasta la ultima fibra de tu corazon. le sigue el libro El Nino Perdido, q es su relato desde que fue separado de su familia biologica hasta su mayoria de edad. los dos libros valen la pena leerse y releerse. estoy en la busqueda del tercer libro (es una trilogia) y espero leerlo pronto.
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1 of 1 people found the following review helpful:
5.0 out of 5 stars outstanding!, August 28, 2003
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carrie (fredericton nb canada) - See all my reviews
This review is from: El Niño Sin Nombre: La lucha de un niño por sobrevivir (Spanish Edition) (Paperback)
this book was so wonderful and honest and true. it made you feel for the boy and yet as an abused child myself i wondered what made the mother turn on him and no one else. it should be read by all!
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1.0 out of 5 stars Wrong language, December 9, 2011
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This review is from: El Niño Sin Nombre: La lucha de un niño por sobrevivir (Spanish Edition) (Paperback)
I ordered this book in spanish because I am learning Spanish. I received an English version of the book. I was very disappointed.
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5 de marzo de 1973, Daly City, California. Read the first page
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