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Optimismo Ontológico,
By Seeker of Truth (USA) - See all my reviews
This review is from: Memoria e Identidad: Conversaciones al filo de dos milenios (Spanish Edition) (Hardcover)
Es apropiado caracterizar de optimismo ontológico el mensaje de esta obra ya que, de acuerdo al autor, existen dos límites que Dios ha impuesto al mal: 1) La Creación y 2) La Redención, así que hay una primacía del bien sobre el mal desde el inicio de la historia y dicha primacía viene a ser reafirmada con la muerte y la Resurrección de Cristo: la victoria definitiva del Bien sobre el mal y raíz de la esperanza cristiana. "El misterio pascual confirma que, a la postre, vence el bien; que la vida prevalece sobre la muerte y el amor triunfa sobre el odio". (p. 75)
Mis citas favoritas son: 1) En todo caso, no se olvida fácilmente el mal que se ha experimentado directamente. Solo se puede perdonar. Y, ¿qué significa perdonar sino recurrir al bien, que es mayor que cualquier mal? Un bien que, en definitiva, tiene su fuente únicamente en Dios. Sólo Dios es el Bien. El límite impuesto al mal por el bien divino se ha incorporado a la historia del hombre, a la historia de Europa en particular, por medio de Cristo. (p.30) 2) La libertad es auténtica en la medida que realiza el verdadero bien. Sólo entonces ella misma es un bien. Si deja de estar vinculada con la verdad y comienza a considerar ésta como dependiente de la libertad, pone las premisas de unas consecuencias morales dañosas, de dimensiones a veces incalculables. En este caso, el abuso de la libertad provoca una reacción que toma la forma de uno u otro sistema totalitario. También ésta es una forma de corrupción de la libertad, de la que en el siglo XX, y no sólo en él, hemos experimentado las consecuencias. (pp. 60-61) 3) En 1994 tuvo lugar en Castel Gandolfo un simposio sobre el tema de la identidad de las sociedades europeas (Identity in Change) La cuestión en torno a la cual se desarrollaba el debate se refería a los cambios que introdujeron los acontecimientos del siglo XX en la conciencia de la identidad europea y de la identidad nacional, en el contexto de la civilización moderna. Al comienzo del simposio, Paul Ricoeur habló de la memoria y el olvido como dos fuerzas importantes, y en cierto modo contrapuestas, que actúan en la historia del hombre y de las sociedades. La memoria es la facultad de la fragua de la identidad de los seres humanos, tanto en lo personal como en lo colectivo. Porque a través de ella se forma y se concretiza en la psique de la persona el sentido de la identidad. Entre tantos comentarios interesantes que oí entonces, hubo uno que me llamó poderosamente la atención. Cristo conocía esta ley de la memoria y recurrió a ella en un momento clave de su misión. Cuando instituyó la Eucaristía durante la Última Cena, dijo: "Haced esto en recuerdo mío" (Hoc facite in meam commemorationem: Lc 22, 19). La memoria evoca recuerdos. Así pues, la Iglesia es de algún modo la "memoria viva" de Cristo: del misterio de Cristo, de su pasión, muerte y resurrección, de su Cuerpo y de su Sangre. Esta "memoria" se realiza mediante la Eucaristía. En consecuencia, los cristianos, celebrando la Eucaristía, es decir, haciendo "memoria" de su Señor, descubren continuamente su propia identidad. La Eucaristía manifiesta algo más profundo aún y a la vez más universal: la divinización del hombre y de la nueva creación en Cristo. Habla de la redención del mundo. (pp. 177-178) 4) La caída del nazismo, primero, y después de la Unión Soviética, es la confirmación de una derrota. Ha mostrado toda la insensatez de la violencia a gran escala, que había sido teorizada y puesta en práctica por dichos sistemas. ¿Querrán los hombres tomar nota de las dramáticas lecciones que la historia les ha dado? O, por el contrario, ¿cederán ante las pasiones que anidan en el alma, dejándose llevar una vez más por las insidias nefastas de la violencia? El creyente sabe que la presencia del mal está siempre acompañada por la presencia del bien, de la gracia. San Pablo escribió: "No hay proporción entre la culpa y el don: si por la culpa de uno murieron todos, mucho más, gracias a un solo hombre, Jesucristo, la benevolencia y el don de Dios desbordaron sobre todos" (Rm 5,15). Estas palabras siguen siendo actuales en nuestros días. La Redención continúa. Donde crece el mal, crece también la esperanza del bien. En nuestros tiempos, el mal ha crecido desmesuradamente, sirviéndose de los sistemas perversos que han practicado a gran escala la violencia y la prepotencia. No me refiero ahora al mal cometido individualmente por los hombres movidos por objetivos y motivos personales. El del siglo XX no fue un mal en edición reducida, "artesanal", por llamarlo así. Fue el mal en proporciones gigantescas, un mal que ha usado las estructuras estatales mismas para llevar a cabo su funesto cometido, un mal erigido en sistema. Pero, al mismo tiempo, la gracia de Dios se ha manifestado con riqueza sobreabundante. No existe mal del que Dios no pueda obtener un bien más grande. No hay sufrimiento que no sepa convertir en camino que conduce a Él. Al ofrecerse libremente a la pasión y a la muerte en la Cruz, el Hijo de Dios asumió todo el mal del pecado. El sufrimiento de Dios crucificado no es sólo una forma de dolor entre otros, un dolor más o menos grande, sino un sufrimiento incomparable. Cristo, padeciendo por todos nosotros, ha dado al sufrimiento un nuevo sentido, lo ha introducido en una nueva dimensión, en otro orden: en el orden del amor. Es verdad que el sufrimiento entra en la historia del hombre con el pecado original. El pecado es ese "aguijón" (cf. 1 Co 15, 55-56) que causa dolor e hiere a muerte la existencia humana. Pero la pasión de Cristo en la cruz ha dado un sentido totalmente nuevo al sufrimiento y lo ha transformado desde dentro. Ha introducido en la historia humana, que es una historia de pecado, el sufrimiento sin culpa, el sufrimiento afrontado exclusivamente por amor. Es el sufrimiento que abre la puerta a la esperanza de la liberación, de la eliminación definitiva del "aguijón" que desgarra la humanidad. Es el sufrimiento que destruye y consume el mal con el fuego del amor, y aprovecha incluso el pecado para múltiples brotes de bien. Todo sufrimiento humano, todo dolor, toda enfermedad, encierra en sí una promesa de liberación, una promesa de la alegría: "Me alegro de sufrir por vosotros", escribe san Pablo (Col 1,24). Esto se refiere a todo sufrimiento causado por el mal, y es válido también para el enorme mal social y político que estremece al mundo y lo divide: el mal de las guerras, de la opresión de las personas y los pueblos; el mal de la injusticia social, del desprecio de la dignidad humana, de la discriminación racial y religiosa, del terrorismo y de la carrera de armamentos. Todo este sufrimiento existe en el mundo también para despertar en nosotros el amor, que es la entrega de sí mismo al servicio generoso y desinteresado de los que se ven afectados por el sufrimiento. En el amor, que tiene su fuente en el Corazón de Jesús, está la esperanza del futuro del mundo. Cristo es el Redentor del mundo: "Nuestro castigo saludable vino sobre Él, sus cicatrices nos curaron" (Is 53, 5). (pp. 204-206) |
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Memoria e Identidad: Conversaciones al filo de dos milenios (Spanish Edition) by Pope John Paul II (Hardcover - March 22, 2005)
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