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Jesús de Nazaret. Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección (Spanish Edition) [Kindle Edition]

Joseph Ratzinger , Benedicto XVI
4.8 out of 5 stars  See all reviews (45 customer reviews)

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Book Description

«En el gesto de las manos que bendicen se expresa la relación duradera de Jesús con sus discípulos, con el mundo. En su ascensión Él viene para elevarnos por encima de nosotros mismos y abrir el mundo a Dios. Por eso, los discípulos pudieron alegrarse cuando volvieron de Betania a casa. Por la fe sabemos que Jesús, al bendecir, tiene sus manos extendidas sobre nosotros. Esta es la razón permanente de la alegría cristiana». Joseph Ratzinger / Benedicto XVI


Editorial Reviews

About the Author

On April 19, 2005, CARDINAL JOSEPH RATZINGER was elected POPE BENEDICT XVI and became the 264th successor to Peter as the "Vicar of Jesus Christ." He may well be the most accomplished theologian to be elected Pope in modern times. Beginning in 1981 he spent over 20 years as the Prefect of the Congregation for the Doctrine of the Faith, a role often depicted as the “defender of the faith.” Cardinal Ratzinger was also President of the Pontifical Biblical Commission and of the Preparatory Commission that codified the new Catechism of the Catholic Church, published in 1994.

Excerpt. © Reprinted by permission. All rights reserved.

1
EL BAUTISMO DE JESÚS



La vida pública de Jesús comienza con su bautismo en el Jordán por Juan el Bautista. Mientras Mateo fecha este acontecimiento sólo con una fórmula convencional—«en aquellos días»—, Lucas lo enmarca intencionalmente en el gran contexto de la historia universal, permitiendo así una datación bien precisa. A decir verdad, Mateo ofrece también una especie de datación, al comenzar su Evangelio con el árbol genealógico de Jesús, formado por la estirpe de Abraham y la estirpe de David: presenta a Jesús como el heredero tanto de la promesa a Abraham como del compromise de Dios con David, al cual había prometido un reinado eterno, no obstante todos los pecados de Israel y todos los castigos de Dios. Según esta genealogía, la historia se divide en tres periodos de catorce generaciones—catorce es el valor numérico del nombre de David—: de Abraham a David, de David al exilio babilónico y después otro nuevo periodo de catorce generaciones. Precisamente el hecho de que hayan transcurrido catorce generaciones indica que por fin ha llegado la hora del David definitivo, del renovado reinado davídico, entendido como instauración del reinado de Dios.

Como corresponde al evangelista judeocristiano Mateo, se trata de un árbol genealógico judío en la perspective de la historia de la salvación, que piensa en la historia universal a lo sumo de forma indirecta, es decir, en la medida en que el reino del David definitivo, como reinado de Dios, interesa obviamente al mundo entero. Con ello, también la datación concreta resulta vaga, ya que el cálculo de las generaciones está modelado más por las tres fases de la promesa que por una estructura histórica, y no se propone establecer referencias temporales precisas.

A este respecto, se ha de notar que Lucas no sitúa la genealogía de Jesús al comienzo del Evangelio, sino que la pone en relación con la narración del bautismo, que sería su final. Nos dice que Jesús tenía en ese momento unos treinta años de edad, es decir, que había alcanzado la edad que le autorizaba para una actividad pública. En su genealogía, Lucas—a diferencia de Mateo—retrocede desde Jesús hacia la historia pasada. No se da un relieve particular a Abraham y David; la genealogía retrocede hasta Adán, incluso hasta la creación, pues después del nombre de Adán Lucas añade: de Dios. De este modo se resalta la misión universal de Jesús: es el hijo de Adán, hijo del hombre. Por su ser hombre, todos le pertenecemos, y Él a nosotros; en Él la humanidad tiene un nuevo inicio y llega también a su cumplimiento.


Volvamos a la historia del Bautista. En los relatos de la infancia, Lucas ya había dado dos datos temporales im33 portantes. Sobre el comienzo de la vida del Bautista nos dice que habría que datarlo «en tiempos de Herodes, rey de Judea» (1, 5). Mientras que el dato temporal sobre el Bautista queda así dentro de la historia judía, el relato de la infancia de Jesús comienza con las palabras: «Por entonces salió un decreto del emperador Augusto…» (2, 1). Aparece como trasfondo, pues, la gran historia universal representada por el imperio romano.


Este hilo conductor lo retoma Lucas en la introducción a la historia del Bautista, en el comienzo de la vida pública de Jesús. Nos dice en tono solemne y con precisión: «El año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, Herodes virrey de Galilea, su hermano Felipe virrey de Iturea y Traconítide, y Lisanio virrey de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás…» (3, 1s). Con la mención
del emperador romano se indica de nuevo la colocación temporal de Jesús en la historia universal: no hay que ver la aparición pública de Jesús como un mítico antes o después, que puede significar al mismo tiempo siempre y nunca; es un acontecimiento histórico que se puede datar con toda la seriedad de la historia humana ocurrida realmente; con su unicidad, cuya contemporaneidad con todos los tiempos es diferente a la intemporalidad del mito.

No se trata sin embargo sólo de la datación: el emperador y Jesús representan dos órdenes diferentes de la realidad, que no tienen por qué excluirse mutuamente, pero cuya confrontación comporta la amenaza de un conflicto que afecta a las cuestiones fundamentals de la humanidad y de la existencia humana. «Lo que es del César, pagádselo al César, y lo que es de Dios, a Dios» (Mc 12, 17), dirá más tarde Jesús, expresando así la compatibilidad esencial de ambas esferas. Pero si el imperio se considera a sí mismo divino, como se da a entender cuando Augusto se presenta a sí mismo como portador de la paz mundial y salvador de la humanidad, entonces el cristiano debe «obedecer antes a Dios que a los hombres» (Hch 5, 29); en ese caso, los cristianos se convierten en «mártires», en testigos del Cristo que ha muerto bajo el reinado de Poncio Pilato en la cruz como «el testigo fiel» (Ap 1, 5). Con la mención del nombre de Poncio Pilato se proyecta ya desde el inicio de la actividad de Jesús la sombra de la cruz. La cruz se anuncia también en los nombres de Herodes, Anás y Caifás.

Pero, al poner al emperador y a los príncipes entre los que se dividía la Tierra Santa unos junto a otros, se manifiesta algo más. Todos estos principados dependen de la Roma pagana. El reino de David se ha derrumbado, su «casa» ha caído (cf. Am 9, 11s); el descendiente, que según la Ley es el padre de Jesús, es un artesano de la provincia de Galilea, poblada predominantemente por paganos. Una vez más, Israel vive en la oscuridad de Dios, las promesas hechas a Abraham y David parecen sumidas en el silencio de Dios. Una vez más puede oírse el lamento: ya no tenemos un profeta, parece que Dios ha abandonado a su pueblo. Pero precisamente por eso el país bullía de inquietudes.

Movimientos, esperanzas y expectativas contrastantes determinaban el clima religioso y político. En torno al tiempo del nacimiento de Jesús, Judas el Galileo había incitado a un levantamiento que fue sangrientamente sofocado por los romanos. Su partido, los zelotes, seguía existiendo, dispuesto a utilizar el terror y la violencia para restablecer la libertad de Israel; es possible que uno o dos de los doce Apóstoles de Jesús—Simón el Zelote y quizás también Judas Iscariote—procedieran de aquella corriente. Los fariseos, a los que encontramos reiteradamente en los Evangelios, intentaban vivir siguiendo con suma precisión las prescripciones de la Torá y evitar la adaptación a la cultura helenístico-romana uniformadora, que se estaba imponiendo por sí misma en los territorios del imperio romano y amenazaba con someter a Israel al estilo de vida de los pueblos paganos del resto del mundo. Los saduceos, que en su mayoría pertenecían a la aristocracia y a la clase sacerdotal, intentaban vivir un judaísmo ilustrado, acorde con el estándar intellectual de la época, y llegar así a un compromiso también con el poder romano. Desaparecieron tras la destrucción de Jerusalén (70 d.C.), mientras que el estilo de vida de los fariseos encontró una forma duradera en el judaísmo plasmado por la Misná y el Talmud. Si observamos en los Evangelios las enconadas divergencias entre Jesús y los fariseos y cómo su muerte en la cruz era diametralmente lo opuesto al programa de los zelotes, no debemos olvidar sin embargo que muchas personas de diversas corrientes encontraron el camino de Cristo y que en la comunidad cristiana primitiva había también bastantes sacerdotes y antiguos fariseos.

En los años sucesivos a la Segunda Guerra Mundial, un hallazgo casual dio pie a unas excavaciones en Qumrán que ha sacado a la luz textos relacionados por algunos expertos con un movimiento más amplio, el de los esenios, conocido hasta entonces sólo por Fuentes literarias. Era un grupo que se había alejado del templo herodiano y de su culto, fundando en el desierto de Judea comunidades monásticas, pero estableciendo también una convivencia de familias basada en la religión, y que había logrado un rico patrimonio de escritos y de rituales propios, particularmente con abluciones litúrgicas y rezos en común. La seria piedad reflejada en estos escritos nos conmueve: parece que Juan el Bautista, y quizás también Jesús y su familia, fueran cercanos a este ambiente. En cualquier caso, en los escritos de Qumrán hay numerosos puntos de contacto con el
mensaje cristiano. No es de excluir que Juan el Bautista hubiera vivido algún tiempo en esta comunidad y recibido de ella parte de su formación religiosa.


Con todo, la aparición del Bautista llevaba consigo algo totalmente nuevo. El bautismo al que invita se distingue de las acostumbradas abluciones religiosas. No es repetible y debe ser la consumación concreta de un cambio que determina de modo nuevo y para siempre toda la vida. Está vinculado a un llamamiento ardiente a una nueva forma de pensar y actuar, está vinculado sobre todo al anuncio del juicio de Dios y al anuncio de alguien más Grande que ha de venir después de Juan. El cuarto Evangelio nos dice que el Bautista «no conocía» a ese más Grande a quien quería preparer el camino (cf. Jn 1, 30-33). Pero sabe que ha sido enviado para preparar el camino a ese misterioso Otro, sabe que toda su misión está orientada a Él.

En los cuatro Evangelios se describe esa misión con un pasaje de Isaías: «Una voz clama en el desierto: “¡Preparad el camino al Señor! ¡Allanadle los caminos!”» (Is 40, 3). Marcos añade una frase compuesta de Malaquías 3, 1 y Éxodo 23, 20 que, en otro contexto, encontramos también en Mateo (11, 10) y en Lucas (1,76; 7, 27): «Yo envío a mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino» (Mc 1, 2). Todos estos textos del Antiguo Testamento hablan de la intervención salvadora de Dios, que sale de lo inescrutable para juzgar y salvar; a Él hay que abrirle la puerta, prepararle el camino. Con la predicación del Bautista se hicieron realidad todas estas antiguas palabras de esperanza: se anunciaba algo realmente grande.


Podemos imaginar la extraordinaria impresión que tuvo que causar la figura y el mensaje del Bautista en la efervescente atmósfera de aquel momento de la historia de Jerusalén. Por fin había de nuevo un profeta cuya vida también le acreditaba como tal. Por fin se anunciaba de nuevo la acción de Dios en la historia. Juan bautiza con agua, pero el más Grande, Aquel que bautizará con el Espíritu Santo y con el fuego, está al llegar. Por eso, no hay que ver las palabras de san Marcos como una exageración: «Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán» (1, 5). El bautismo de Juan incluye la confesión: el reconocimiento de los pecados. El judaísmo de aquellos tiempos conocía confesiones genéricas y formales, pero también el reconocimiento personal de los pecados, en el que se debían enumerar las diversas acciones pecaminosas (Gnilka I, p. 68). Se trata realmente de superar la existencia pecaminosa llevada hasta entonces, de empezar una vida nueva, diferente.

Esto se simboliza en las diversas fases del bautismo. Por un lado, en la inmersión se simboliza la muerte y hace pensar en el diluvio que destruye y aniquila. En el pensamiento antiguo el océano se veía como la amenaza continua del cosmos, de la tierra; las aguas primordiales que podían sumergir toda vida. En la inmersión, también el río podía representar este simbolismo. Pero, al ser agua que fluye, es sobre todo símbolo de vida: los grandes ríos –Nilo, Éufrates, Tigris– son los grandes dispensadores de vida. También el Jordán es fuente de vida para su tierra, hasta hoy. Se trata de una purificación, de una liberación de la suciedad del pasado que pesa sobre la vida y la adultera, y de un Nuevo comienzo, es decir, de muerte y resurrección, de reiniciar la vida desde el principio y de un modo nuevo. Se podría decir que se trata de un renacer. Todo esto se desarrollará expresamente sólo en la teología bautismal cristiana, pero está ya incoado en la inmersión en el Jordán y en el salir después de las aguas.


Toda Judea y Jerusalén acudía para bautizarse, como acabamos de escuchar. Pero ahora hay algo nuevo: «Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán» (Mc 1, 9). Hasta entonces no se había hablado de peregrinos venidos de Galilea; todo parecía restringirse al territorio judío. Pero lo realmente nuevo no es que Jesús venga de otra zona geográfica, de lejos, por así decirlo. Lo realmente nuevo es que Él –Jesús– quiere ser bautizado, que se mezcla entre la multitud gris de los pecadores que esperan a orillas del Jordán. El bautismo comportaba la confesión de las culpas (ya lo hemos oído). Era realmente un reconocimiento de los pecados y el propósito de poner fin a una vida anterior malgastada para recibir una nueva. ¿Podía hacerlo Jesús? ¿Cómo podia reconocer sus pecados? ¿Cómo podía desprenderse de su vida anterior para entrar en otra vida nueva? Los cristianos tuvieron que plantearse estas cuestiones. La discusión entre el Bautista y Jesús, de la que nos habla Mateo, expresa también la pregunta que él hace a Jesús: «Soy yo el que necesito que me bautices, ¿y tú acudes a mí?» (3, 14). Mateo nos cuenta además: «Jesús le contestó: “Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así toda justicia. Entonces Juan lo permitió» (3, 15).

No es fácil llegar a descifrar el sentido de esta enigmática respuesta. En cualquier caso, la palabra árti –por ahora– encierra una cierta reserva: en una determinada situación provisional vale una determinada forma de actuación. Para interpretar la respuesta de Jesús, resulta decisivo el sentido que se dé a la palabra «justicia»: debe cumplirse toda «justicia». En el mundo en que vive Jesús, «justicia» es la respuesta del hombre a la Torá, la aceptación plena de la voluntad de Dios, la aceptación del «yugo del Reino de Dios», según la formulación judía. El bautismo de Juan no está previsto en la Torá, pero Jesús, con su respuesta, lo reconoce como expresión de un sí incondicional a la voluntad de Dios, como obediente aceptación de su yugo.

Puesto que este bautismo comporta un reconocimiento de la culpa y una petición de perdón para poder empezar de nuevo, este sí a la plena voluntad de Dios encierra también, en un mundo marcado por el pecado, una expresión de solidaridad con los hombres, que se han hecho culpables, pero que tienden a la justicia. Sólo a partir de la cruz y la resurrección se clarifica todo el significado de este acontecimiento. Al entrar
en el agua, los bautizandos reconocen sus pecados y tartan de liberarse del peso de sus culpas. ¿Qué hizo Jesús? Lucas, que en todo su Evangelio presta una viva atención a la oración de Jesús, y lo presenta constantemente como Aquel que ora –en diálogo con el Padre–,nos dice que Jesús recibió el bautismo mientras oraba (cf. 3, 21). A partir de la cruz y la resurrección se hizo claro para los cristianos lo que había ocurrido: Jesús había cargado con la culpa de toda la humanidad; entró con ella en el Jordán. Inicia su vida pública tomando el puesto de los pecadores. La inicia con la anticipación de la cruz. Es, por así decirlo, el verdadero Jonás que dijo a los marineros: «Tomadme y lanzadme al mar» (cf. Jon 1, 12). El significado pleno del bautismo de Jesús, que comporta cumplir «toda justicia», se manifiesta sólo en la cruz: el bautismo es la aceptación de la muerte por los pecados de la humanidad, y la voz del cielo –«Éste es mi Hijo amado» (Mc 3, 17)– es una referencia anticipada a la resurrección. Así se entiende también por qué en las palabras de Jesús el término bautismo designa su muerte (cf. Mc 10, 38; Lc 12, 50).

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  • File Size: 453 KB
  • Print Length: 407 pages
  • Publisher: Ediciones Encuentro; 1 edition (March 8, 2011)
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  • Language: Spanish
  • ASIN: B004THZ4L0
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Customer Reviews

4.8 out of 5 stars
(45)
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5.0 out of 5 stars Un libro extraordinario August 20, 2011
Format:Kindle Edition|Verified Purchase
Siempre me llamo la antencion este libro sin embargo no habia tenido la posibilidad de comprarlo en formato papel debido a que era bastante costoso hasta que adquiri el kindle y lo compre en digital, mas barato. en realidad nunca he entendido porque me llamaba la atencion el libro hasta que cuando empece a leerlo vi que era extraordinario, y que es un libro que todos deberian leer pues es un libro muy detallado que explica la figura de jesus de nazaret con detenimiento y escrito por la persona mas cercana a dios en este mundo el papa.
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5.0 out of 5 stars The Professor Pope June 4, 2009
Format:Paperback
Pope Benedict XVI has received some undeserved "bad press", regarding his degree of understanding and tolerance of other religions, which a reading of this book dispells. This short book, essentially, a series of essays, is remarkable for its breadth of scholarship and deep spiritual insight. The Pope is revealed as a profound and compassionate thinker, and, most importantly, a teacher, whose towering intellect never overcomes his humility. If John Paul II was the Pastoral Pope, Benedict XVI is the Professor Pope. He is intellectually fearless, and knows that Christianity is nothing if it cannot ask and answer the most difficult questions which modernity poses: Is Jesus real? Is he God, or only a philosopher, or liberal rabbi? The Pope poses these, and considers the debate of ideas as if he were in a college theology classroom where lively intellectual freedom and mutual respect are paramount. His conclusions are compelling and compassionate. One senses that his desire to communicate is the result of a deep love for his fellow man- and not just for Catholics, but a love of all humanity regardless of creed, or lack thereof.
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5.0 out of 5 stars Excelente libro March 3, 2008
Format:Paperback
Excelente libro para conocer más a fondo la vida de Jesús. Aunque está escrito en un lenguaje accesible, requiere un cierto esfuerzo por parte del lector. Sin duda dejará una profunda huella en quien lo lea.
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5.0 out of 5 stars El papa es un importante teólogo May 11, 2011
By Carlos
Format:Paperback|Verified Purchase
Es todo un estudio teológico sobre los evangelios pero en un lenguaje que puede ser entendido por cualquier persona que haya leído la Biblia. Recomendable incluso para no creyentes como yo
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5.0 out of 5 stars A meditation directly from the Pope August 18, 2008
By Jose V.
Format:Paperback|Verified Purchase
This book is really marvelous for meditating. Its actually Pope Benedict XVI giving the meditation himself. Slow and meditating reading and rereading is recommended. I have really enjoyed it and will continue to do so for the rest of my life.
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5.0 out of 5 stars Jesus de Nazaret February 13, 2013
By Felina
Format:Kindle Edition|Verified Purchase
simple,based on good source, inspirational. If you have doubts of Jesus as a man read the book. i recomended it No duden leenlo con atencion y encontraran muchas respuestas
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5.0 out of 5 stars A must read book. February 10, 2013
Format:Kindle Edition|Verified Purchase
Easy to read, even if you are not catholic, allow you to know Jesus. Very well documented and written book. Benedict XVI used no-Catholic references also, So the book is excellent for all denominations. For us Catholics is a must read.
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Format:Kindle Edition|Verified Purchase
El Papa nos sorprende nuevamente con un lenguaje sencillo y a la vez pragmatico, con el que nos presenta la escencia de nuestra doctrina y sin darnos cuenta vemos el porque de su Universalidad.
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5.0 out of 5 stars Five Stars
excelent book
Published 8 days ago by Amazon Customer
5.0 out of 5 stars "Realismo Mágico" Outside...!
En una cultura cargada de tantos elementos fantásticos entremezclados con la realidad, se hace necesario conocer la verdad de una manera más histórica, real y... Read more
Published 15 days ago by MAC & PC USER
4.0 out of 5 stars Four Stars
Every catholic should read this book
Published 2 months ago by Ramon Abascal
5.0 out of 5 stars she was delighted.
This was a gift to my wife, she was delighted.
Published 3 months ago by Ramon A. Caro Jr.
5.0 out of 5 stars Five Stars
excelente libro
Published 4 months ago by Eli
4.0 out of 5 stars Excellent product
Excellent product, excellent shipping
Published 5 months ago by sebastian
5.0 out of 5 stars Novedoso y sabio planteamiento de la vida de Jesús
Sorprendente relacionamiento de la Sagrada Escritura y descubrimientos de detalles de la vida de Jesús. En los detalles está el amor.
Published 6 months ago by Lautaro Ormazabal
5.0 out of 5 stars Five Stars
Hermoso libró más que biografía , es reflexión
Published 6 months ago by jorge
5.0 out of 5 stars Great book. If anyone is keen to be introduced ...
Great book. If anyone is keen to be introduced in the life of Jesus, this will probably be a book that would help to understand him more. Read more
Published 6 months ago by Pablo Cáceres
5.0 out of 5 stars excellent book
This is my favorite book ever!!! Easy to understand. This book bring Jesus close to you.
Read to believe!! Congratulations for offer such a good book.
Published 10 months ago by CARLOS QUINONES
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More About the Author

Born in 1927 in Germany as Joseph Ratzinger, Pope Benedict XVI has been head of the Roman Catholic Church since April 2005. A prolific author, theologian and university professor, Ratzinger served as an "expert" at the Second Vatican Council, and was tapped in 1977 by Pope Paul VI to lead the German Archdiocese of Munich and Freising. In 1981, Pope John Paul II called him to Rome to head the Vatican's Congregation for the Doctrine of the Faith, where he served until his papal election.

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