The Pre-Loved edit from Shopbop
Buy used:
$29.83
Get Fast, Free Shipping with Amazon Prime
FREE delivery Monday, December 2 on orders shipped by Amazon over $35
Or Prime members get FREE delivery Friday, November 29. Order within 7 hrs 28 mins.
Used: Acceptable | Details
Sold by -OnTimeBooks-
Condition: Used: Acceptable
Comment: Shipped fast and reliably through the Amazon Prime program! Book may contain some writing highlighting and or cover damage.
Access codes and supplements are not guaranteed with used items.
Kindle app logo image

Download the free Kindle app and start reading Kindle books instantly on your smartphone, tablet, or computer - no Kindle device required.

Read instantly on your browser with Kindle for Web.

Using your mobile phone camera - scan the code below and download the Kindle app.

QR code to download the Kindle App

Follow the author

Something went wrong. Please try your request again later.

Trade Secrets Hardcover – April 10, 2004

4.0 4.0 out of 5 stars 4 ratings

During the first decades of America's existence as a nation, private citizens, voluntary associations, and government officials encouraged the smuggling of European inventions and artisans to the New World. At the same time, the young republic was developing policies that set new standards for protecting industrial innovations. This book traces the evolution of America's contradictory approach to intellectual property rights from the colonial period to the age of Jackson. During the seventeenth and early eighteenth centuries Britain shared technological innovations selectively with its American colonies. It became less willing to do so once America's fledgling industries grew more competitive. After the Revolution, the leaders of the republic supported the piracy of European technology in order to promote the economic strength and political independence of the new nation. By the middle of the nineteenth century, the United States became a leader among industrializing nations and a major exporter of technology. It erased from national memory its years of piracy and became the world's foremost advocate of international laws regulating intellectual property.

The Amazon Book Review
The Amazon Book Review
Book recommendations, author interviews, editors' picks, and more. Read it now

Editorial Reviews

From the Back Cover

"Doron Ben-Atar's elegant study moves from customary appreciations of the Founding Fathers to the tough realities facing statesmen establishing a viable republic, technologically and commercially backward. Ben-Atar guides the reader through these thickets of intellectual thievery and smuggling with aplomb and wit." --Peter Gay, Sterling Professor of History Emeritus, Yale University

About the Author

Doron Ben-Atar is associate professor of history at Fordham University.

Product details

  • Publisher ‏ : ‎ Yale University Press; First Edition (April 10, 2004)
  • Language ‏ : ‎ English
  • Hardcover ‏ : ‎ 304 pages
  • ISBN-10 ‏ : ‎ 030010006X
  • ISBN-13 ‏ : ‎ 978-0300100068
  • Item Weight ‏ : ‎ 1 pounds
  • Dimensions ‏ : ‎ 5.5 x 1 x 8.5 inches
  • Customer Reviews:
    4.0 4.0 out of 5 stars 4 ratings

About the author

Follow authors to get new release updates, plus improved recommendations.
Doron S. Ben-Atar
Brief content visible, double tap to read full content.
Full content visible, double tap to read brief content.

Discover more of the author’s books, see similar authors, read book recommendations and more.

Customer reviews

4 out of 5 stars
4 global ratings

Top reviews from the United States

Reviewed in the United States on July 5, 2005
Para Sir Joseph Whitworth, industrial de mediados del siglo XIX, paladín de la alta precisión en las máquinas-herramienta, la razón principal del éxito tecnológico de los Estados Unidos se encontraba en el uso generalizado de máquinas. En cualquier área de trabajo en que sea posible introducir una máquina, los americanos recurren a ella de manera universal y de buena gana, apuntaba Sir Joseph, pensando que había dado con la clave de tan espectacular éxito. Sin embargo, las investigaciones de nuestro autor, el profesor de historia de la universidad de Fordham, Doron S. Ben-Atar, lo condujeron, casi por azar, a otra explicación.

Mientras preparaba un estudio sobre la política comercial y diplomática de la era de Jefferson, el profesor Ben-Atar encontró algo que llamó su atención: casi todo evidenciaba que la piratería tecnológica de la época se realizaba no sólo con pleno conocimiento, sino también con el apoyo total de los funcionarios federales y estatales de la joven república. El descubrimiento le causó sorpresa por inesperado, sus indagaciones previas habían mostrado a unos líderes políticos con sentimientos encontrados respecto a todo lo tocante al naciente capitalismo de mercado, y en rebeldía contra la madre patria para preservar el sencillo y virtuoso orden social del Nuevo Mundo.

Pero, a diferencia de esa imagen algo insulsa y aséptica de los próceres de la patria americana, ahora tenía ante sí a verdaderos zorros, sin pizca de dudas, y en cambio con una seguridad total sobre lo correcto y justificado de la piratería y el contrabando de tecnología. Enterarse de esto a todos nos causa un poco de malestar y desasosiego, no en vano hemos sido formados también en el folclor de nuestros vecinos, gente honrada si es que existe ésta en el mundo, respetuosa de la ley, noble de corazón y profundamente religiosa, pero como pudo haber dicho el espejo de la caballería, "cosas veredes Sancho".

Según la conseja popular George Washington nunca dijo una mentira, pero la investigación del profesor Ben-Atar en cambio revela algo peor: que promovió la importación de tecnología europea a los Estados Unidos sin contemplar para nada la dimensión legal del asunto. Pero, para mi gusto, aquellos padres de la patria tenían una gran virtud de la que hablaremos más adelante. Por ahora, veamos con un ejemplo cuáles eran las condiciones en que les tocó actuar a los prohombres norteamericanos.

Resulta que, en 1793, Eli Whitney, nacido en Massachussets, inventa la despepitadora de algodón, de la que rápidamente unos sembradores de Georgia roban un modelo de su taller y la reproducen por montones en todo el Sur de los Estados Unidos. Aunque en 1794 el inventor obtiene una patente, nunca logra mayores beneficios de su creación, y apenas alcanza a compensar sus enormes gastos, resultado de los múltiples litigios entablados con los algodoneros del Sur.

Las condiciones de la época tuvieron mucho que ver con estos malos resultados, eran tantas las máquinas que venían de Inglaterra y del resto de Europa, en especial de países enemigos de la corona inglesa, la cual, hay que decirlo, se encargaba de promover el paso ilegal de tecnología del continente hacia sus colonias, que los abogados de los infractores de la patente de Whitney daban por un hecho que esta máquina también provenía del viejo continente, y presentaban testigos que juraban haber visto antes la despepitadora en Suiza o en Irlanda. La práctica común de la época era pues traer a América en forma ilegal los inventos europeos y reclamarlos como originarios, primero de la colonia, y luego, del nuevo país.

En un rápido paréntesis quiero mencionar que Ben-Atar da a entender que con la despepitadora de Whitney, la industria del algodón pasó a ser menos intensiva en mano de obra, juicio que no comparten T. K. Derry y Trevor I. Williams en su Historia de la tecnología desde 1750 hasta 1900, donde señalan que, al menos en un principio, la despepitadota era movida a mano, para agregar más adelante que, al parecer, la máquina de Whitney extendió la esclavitud en los Estados Unidos por varias generaciones más, lo que apoyan con cifras del crecimiento del número de esclavos desde la introducción de la despepitadora hasta 1850.

Por otra parte, la historia de Eli Whitney no termina con la despepitadota. Aunque Ben-Atar no lo menciona, el inventor pasó a trabajar en otro campo, uno por el que Estados Unidos ha sentido una debilidad tan grande que ha venido a ser la base de su fortaleza: el campo de las armas de fuego. Cuando Whitney presenta su fusil de piezas intercambiables, nadie duda de la originalidad de su invento, siendo que, ahora sí, el sistema había sido creación europea, en concreto de un armero de París. Durante la Exhibición de 1851, en Londres, el "Sistema Americano", como se conoce a la fabricación mediante piezas que pueden ser sustituidas, capta la atención de los visitantes, que admiran los rifles producidos de esta manera.

En las condiciones descritas de trasiego de máquinas e inventos, Estados Unidos se convirtió en el líder industrial del mundo gracias al robo de innovaciones mecánicas y científicas de Europa, indica el estudio de Ben-Atar, el cual se enfoca en el papel que jugaron las políticas de propiedad intelectual en la promoción del contrabando de tecnología, en especial, durante el periodo que va de finales de la colonia hasta la era del presidente Jackson. El autor examina tanto el papel de los gobiernos federales como estatales, en la evolución de la concepción estadounidense sobre relación entre fronteras y propiedad intelectual, y da a conocer la contradictoria -si bien para otros la palabra sería hipócrita, dice Ben-Atar- política norteamericana.

La gran virtud que debe reconocerse a los políticos como Washington, Franklin, Jefferson o Adams, que dejé para más adelante al hablar de su estímulo y apoyo al robo de tecnología, es la claridad que tuvieron sobre la importancia del conocimiento en todas sus formas, y la inflexible decisión con que se aplicaron a obtenerlo, a como diera lugar, para beneficio de su país. El mérito que tienen es importante, y mayor todavía si los comparamos con dirigentes de antes y de ahora en muchos países, que ni siquiera se propusieron, ni se lo plantearán nunca, el desarrollar bibliotecas, la enseñanza superior, la investigación, y al menos, el avance y aplicación de tecnologías, no digamos el llevar a cabo buenas negociaciones de transferencia de tecnología, porque esto requiere cada vez más de astucia y creatividad, y ésta sólo la han tenido para el beneficio personal.

La colonia y la nueva república entendieron que, para desarrollar su economía y competir, debían cerrar la brecha tecnológica con Inglaterra y Europa, y se dedicaron a lograr esta meta luchando en tres frentes, el de la educación y la investigación, el de la apropiación ilegal de tecnología, y el de la atracción de inmigrantes calificados, artesanos europeos con experiencia en áreas industriales y mecánicas, que son traídos a América con todo y caja de herramientas. Esta última idea se encuentra en Robinson Crusoe, de Daniel Defoe, escrito en 1719. Cuando Robinson regresa a su isla, un tiempo después de haber sido rescatado, en la que ha introducido la agricultura y la domesticación de cabras, y en la que ha dejado a modo de colonos a un grupo de españoles, cinco ingleses y unos pocos esclavos nativos, decide llevarles, aparte de herramientas y materiales, nuevos colonos, artesanos que mejorarán las condiciones de vida y de trabajo, por lo que trae consigo a un herrero-muy útil a la comunidad, aclara, sobre todo como armero-, dos carpinteros, un sastre, un sabelotodo que rescata junto con un cura, una criada y un joven. En mayor escala, la sociedad norteamericana del momento siguió el modelo robinsoniano, y también captó personal calificado para desarrollar la industria y el comercio.

Adicionalmente, el libro de Ben-Atar deja ver también que no había una concepción única sobre lo que convenía más al joven país, si la agricultura o la industria, si el modelo de Hamilton o el de Jefferson, y muestra asimismo la contienda con Europa, que sigue en el presente, por la supremacía tecnológica, científica y económica. Asimismo, cuando en el periódico leemos que se pretende patentar conocimientos tradicionales o la flora patrimonio de comunidades indígenas, o que en una disputa de patentes con Canada, a propósito del dispositivo inalámbrico BlackBerry para el manejo de correo electrónico, Estados Unidos quiere extender la jurisdicción de sus leyes al territorio de su vecino, o que en suelo norteamericano los derechos de autor corresponden en mucha mayor proporción a los productores y no a los creadores, cuando conocemos de estas situaciones queda claro que la conducta esencial depredadora descrita por Ben-Atar se mantiene.

Especialistas en historia del desarrollo tecnológico, así como quienes inicien su preparación en el tema, y el lector curioso, todos disfrutarían este libro hecho con una tecnología que deberíamos apropiarnos: me refiero a la utilizada para producir libros claros, legibles, que ofrecen, como Rayuela, de Cortazar, la posibilidad de varias lecturas; en este caso, la de los especialistas, apoyada en muchas y amplias notas -de las cuales habría separado la bibliografía-, y la de los interesados sólo en conocer una buena historia más de las intrigas del Tío Sam. La tecnología que hace posible esta clase de libros se llama edición, y se basa en el trabajo conjunto entre el autor y un escritor profesional, el editor, quien propone al autor modificaciones de estructura, reescritura de textos, cortes y, en general, los cambios que transforman un pesado texto académico en una lectura ligera que conserve el rigor y cuidado de la investigación que le dio origen.

Fue de veras la compulsión norteamericana por las máquinas, a decir de Sir Joseph Whitworth, la que convirtió a Estados Unidos en la principal potencia industrial del mundo, o fue la piratería tecnológica la que obró el milagro. Creo que nos falta el mapa del código genético social de los países, identificar los cromosomas culturales de las sociedades y las recombinaciones de todo esto para responder a la pregunta; pero, entre tanto, qué tal si le dan un vistazo al libro de Ben-Atar, que en alguna parte menciona que hay quienes creen que fueron muchas cosas las que intervinieron para lograr semejante resultado.
4 people found this helpful
Report
Reviewed in the United States on June 30, 2005
The United States invented a patent act in 1790 which restricted patent protection exclusively to original inventors. In the early 1790s Eli Whitney developed a contraption which separated cottonseed from the fiber and took it to the Southern states where cotton was grown. His design was copied by others there (pirates of the Industrial Age), so he returned to Connecticut in 1793 to obtain a patent from Thomas Jefferson stating that he was the original inventor.

When America was first formed, they copied inventions from Britain and other European countries as a "given." The machine which secured Whitney's place in history drained his finances as he had to file many lawsuits against the Southerners. He became immortalized because of the controversy and has a pretentious gravestone in New Haven modeled after that of the Roman General Scipo who defeated Carthage.

The interlopers felt they were simply following in the footsteps of their ancestors, as America had welcomed such practices since the early days. The American nickname "Yankee" originated in the Dutch word "smuggler" and suggests the violation of European industry and the idea that was second nature to the colonists from the early days of settlement.

Such things are still taking place in the United States as it is so easy to find anything on the Internet and copy it without permission. If you copy someone's writing, it is plagaralism, which is a disgrace today. You can write about the same thing but cannot use the same words unless you have written permission, or use quotes to show that it is not your idea.

Patents did not help the early inventors, as many people claimed to have invented the Steam Boat.
4 people found this helpful
Report
Reviewed in the United States on June 20, 2014
This book should be required reading for any American who believes our nation has always been the font of innovation. Ben-Atar reviews American history before the Revolution to show how much we 'stole' from England in the way of inventions.
At times, the British shared innovations, but most often American colonists managed to lift mechanizled discoveries by hook or by crook. They also enticed experts or other workers to emigrate to their homeland. The author makes clear that the beginning of American industrialization, especailly in the weaving factories, was based on stolen intellectual property. In turn, the Americans began to consider legislation that would protect 'their' inventions and discoveries.
The book is timely when we hear so much about the threat from China to steal our innovations. It should certainly give us second thoughts.
As an anthropologist, I would lile to see a similar book inventoring all we are taking from indigenous peoples in the way of medicinal plants with little thought of how to compensate them for their discoveries.
ernestschusky.com
4 people found this helpful
Report